El amor, este sentimiento tan humano y a la vez tan corrompido por el uso de su concepto erróneo o de su desconocimiento empírico. En mi intento por definirlo, y aunque el amor no puede ser algo fijado y determinado pues parece no conocer de límites, aquí, en este post trataré de dar fracciones de lo que es, y de lo que no es.

Lo que no es el amor.

Para comenzar, la proposición que hacemos comúnmente del amor es que es sinónimo al enamoramiento. Que ambas convergen, se encuentran en el pensamiento común como la misma cosa que el “corazón siente”. Es decir, que el enamorado ama y el que ama está enamorado. Esto es lo que la actitud natural conversa consigo. Pero la psicología tiene mucho que decir al respecto, y es que, rotundamente, no son lo mismo. Pues el enamoramiento es un proceso bioquímico, cerebral y que pasa al sistema endocrino dando lugar a cambios fisiológicos en el estado de ánimo, por la segregación de químicos como la dopamina. Así el enamoramiento viene de una atracción química, y pudiendo ser atracción sexual o emocional, en la cual sin saber por qué, neurológicamente esa persona nos ha enamorado, entrando en el trance de la segregación hormonal que tanto gusta al cerebro, y por ende, su denominación de química. Así como cuando te subes a una montaña rusa, y disfrutas de una ensalada de emociones y químicos que segrega tu cuerpo, tales como la adrenalina y la dopamina, en el enamoramiento ocurre los mismo, solo que dura algo más que una montaña rusa. En el enamoramiento, suben los niveles de adrenalina, estimulándote en centrar una atención incesante y obsesiva por el objetivo de persona del cual te enamoraste, y ojo al dato con lo de ‘atención’, pues en dicho concepto lo intrasubjetivo, el yo, como de alguna manera empieza a volatilizarse, a ocultarse, a no tener importancia, pues dejar de mirar por ti y en ti mismo. Y además se suma a la adrenalina otra hormona, más atenta a lo externo que la anterior; esta es la testosterona. Una hormona que impulsa la acción del cortejo, que muy posiblemente te haga esclavo de “querer ponerte guapo para ella, tenerlo todo listo para ella, satisfacerla”. Y es que esta es su función, prepararte para la deseada y plausible aceptación del otro individuo,aceptación así como la que la que da un pavo real hembra cuando es impresionada por el plumaje del macho. Y ahora bien, “que te pusiste guapo para él o ella, con perfume de calidad, te atreves a establecer una conversación con ella, liberando a voces en tu sistema hormonal cantidades de oxitocina que nos es de mucho agrado inconscientemente.

Parece ser así, que el enamoramiento es un cúmulo de sensaciones químicas y neurológicas, un batido energético para nuestra emocionalidad y pensamiento optimista con olor a rosas. Pero se nos escapa un pecado que nos hacemos, un pecado a la ética que le gustaría seguir al estoico, el budista o al que se cuida integralmente, al que su salud emocional-integral como persona con dignidad le es importante. Y es que enamorarse, trae hormonas que en principio ‘dan vida y vitalidad’ pero que te roban lo mismo, viéndolo desde otra perspectiva. Enamorarse es un acto instintivo-hormonal, mecánico y carnal que puede ser antítesis a lo trascendente, a lo consciencial y de profundiddad. Pues lo malo es que para el espíritu, enamorarse trae los sentimientos de angustia, miedo al rechazo, necesidad, posesividad, obsesión, celotipia… Y he aquí, el porqué el enamoramiento no es amor.

En el enamoramiento observamos, el olvido de lo intrapersonal, del yo como ente y ser que existe y merece algo del mundo, que no sea tener a esa persona cerca nuestra. En él regalamos nuestra atención, nuestra visión y pensamientos van dirigidos a esa persona y esa persona se hace nuestro mundo, (y cuán cerrado y pequeño se ve eso a ojos del no-enamorado) y que al olvidarse del ‘yo’ como merecedor de algo más que la correspondencia de ese enamoramiento, caemos en el desamor, en este caso, propio; o lo que es lo mismo, no amarse a uno mismo. Y así estar enamorado parece ser no-amar, porque estando enamorado se entra en un trance ciego-nauta, que regala el valioso tiempo del que disponemos en pensar en nuestra integridad como persona , para obsequiarla, y ‘dando’ sólo, porque quiere ser correspondido. Es decir, el enamorado busca que el enamorante sea para sí, su interés es tenerlo para sí, egoístamente, pues el beneficio del acto es seguir segregando incesantemente esas hormonas que tanto nos gustan como drogas. También podría decirse que el enamorado ‘da’ porque quiere recibir y seguir recibiendo esas sensaciones “drogaadictivas”.

La ceguera de su condición, de no ver a otro como una persona sino como un dador de emociones, y no verse a sí mismo como persona sino como recibidor(de comodidad de sensación) hace de sí convertirse en algo que se ha conceptualizado en España como un parguela o pagafantas. Una persona que deja de ver su integridad o dignidad, por el hecho de mantener contenta a otra para que le siga concediendo sexo, ricas comidas o compañía. Siendo ciego e inconsciente de esa intersubjetividad vacía, al no existir ni el ‘Yo’ que recibe virtudes al ser, ni el ‘Otro’, porque soy ‘yo’ el que quiere seguir recibiendo drogas contra el espíritu, adormeciéndolo. Es por ello y así, que el llamado “parguela” es una persona que se autopisotea su propia dignidad, que recurre al auto-sabotaje y que al fin y al cabo, no Ama, porque no se ama en primer lugar a sí mismo.

Otra cosa muy curiosa del enamoramiento es que es efímero, que dura como máximo un año. Un año aproximadamente es lo que dura un enamoramiento, es lo que dura que veas a tu pareja como un ser ideal, mitificado, de perfección monstruosa. En ese tiempo (si has estado enamorado lo sabrás) te has dado cuenta de que el juicio desapareció y no tuviste el juicio suficiente para enjuiciar ese juicio que se esfumó, cayendo en la mera ceguera y suspendiendo tu parte racional y consciente. Es decir, el enamorado se desenamora(pues el cuerpo no puede sostener tanta tensión emocional por tan prolongado tiempo).

Lo que es, y lo sublime que es el amor.

El amor, al fin y al cabo trasciende todo biologismo, no es atracción sexual, no es química, ni posesión, ni dejar el centro de atención en otra persona. El amor más bien es un estado de conciencia. Una manera de existir en el mundo, viéndose a uno mismo y a los demás como fracciones de una misma Vida viviente. Nunca es posesión, pues un amor (sublime) siempre echa raíces en la libertad. En el dejar-hacer, dejar-ser.

Un dejar-ser que converge en el cuidado existencial de la cosa que se ama, es decir, el amor conoce del cuidado de la existencia de aquello que se ama. Pues lo que se ama es pretendido en nosotros, que, cuya existencia conozca de la plenitud que en sus límites esté. Que se realice en libertad, que su ser se mueva libremente, que sea. Esto es, por así decirlo, que mientras que el enamorado se aferra, el que ama da alas. Da unas alas a la libertad de expresión, de existir en el mundo, del fluir. Pero, sin olvidarse del cuidado.

El concepto de cuidado es importante porque como dice Osho, “cuando quieres una flor la arrancas(enamorado), pero cuando amas una flor la riegas todos los días”, el cuidado se vislumbra como parte fundamental de lo amoroso, es dilatar la existencia en su intensidad o duración posible, y así, auto-dilatárnosla. Porque dar amor, en el sujeto dador también es un acto de dilatación de la plenitud vital. Es tan enriquecedor para el espíritu, que cuando se entra en la dimensión del amor, no se conoce algo desemejante.

Pero… ¿Qué hago para comenzar a amar? – Se preguntarán-. El amor, amigo, ya que todavía no se ha demostrado que exista en el cielo; el amor entonces es algo que solo se da en esta vida, y en vida. Es decir, que tengas los ojos abiertos ahora, la respiración en acto y el corazón palpitando es lo que te da la capacidad de dador de amor. Más bien, en la Vida descansa el amor. Y Vida, en primera persona solo tiene una persona, y ese eres tú . Y sí, soy de los que creen que el amor comienza en uno mismo, como reconocimiento del rol viviente que hacemos en la existencia, como reconocimiento del ‘estoy aquí, siendo’ se da en la vida, en la existencia . Y por ello, amar es amar la vida

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